Un programa de formación apoyado en realidad virtual busca profesionalizar el trabajo de los linieros, un perfil escaso pero clave para expandir la infraestructura eléctrica del país.
El viento sopla en medio del desierto. Frente a mí hay una camioneta estacionada bajo el sol, una mesa repleta de herramientas y un perímetro delimitado por conos naranjos donde pronto se levantará una torre de alta tensión. Antes de comenzar la jornada debo revisar mi casco, los guantes y cada elemento de seguridad. Al bajar la vista veo mis manos enfundadas en ropa de trabajo reflectante. Todo parece real.
Solo después recuerdo que sigo en una oficina de Santiago, con un visor de realidad virtual cubriéndome los ojos.
La experiencia forma parte de una iniciativa impulsada por Conexión Kimal-Lo Aguirre, el proyecto que instalará la primera línea de transmisión en corriente continua del país. Pero detrás de la tecnología inmersiva, está el desafío de formar a los trabajadores que deberán construir la infraestructura que hará posible la transición energética.
La transición energética ya transformó el paisaje con paneles solares y aerogeneradores. ‘Estas tecnologías con alta aceptación social lograron expandirse con rapidez’, explica Carola Venegas, gerenta de Sostenibilidad y Asuntos Públicos de Conexión Kimal-Lo Aguirre. Pero añade que ‘la transmisión eléctrica es menos sexy y los beneficios no se ven de manera tan directa’.
Por esto, mientras un parque renovable puede concretarse en pocos años, una línea de transmisión suele tardar cerca de una década. ‘Es consenso global que lo que falta para terminar de materializar la transición energética es la transmisión eléctrica’, afirma.
Un oficio difícil de encontrar
Gustavo Labbé, líder de Asuntos Públicos y Sostenibilidad de la empresa, comenta que en los próximos años Latinoamérica deberá construir cerca de 30 mil kilómetros de nuevas líneas de transmisión. Solo el proyecto Kimal-Lo Aguirre requerirá alrededor de 7 mil trabajadores durante su construcción, incluyendo unos 2 mil linieros especializados.
Se trata de un perfil escaso y sin una ruta formativa clara. Convertirse en liniero significaba aprender directamente en terreno, acompañando a trabajadores más experimentados. Un modelo que hoy resulta insuficiente frente a la velocidad que exige la expansión energética.
La apuesta de esta nueva escuela es profesionalizar ese aprendizaje mediante una formación técnica desarrollada junto a la U. de Atacama y al Centro de Formación Técnica de la U. Católica del Norte, con apoyo de Corfo, ChileValora y Transmisoras de Chile. La iniciativa busca formar talento en regiones donde se concentra buena parte del desarrollo energético del país, como Atacama y Coquimbo, territorios donde la expansión de las energías renovables ha generado una creciente demanda de trabajadores especializados.
Aprender en un desierto virtual
‘Los simuladores recrean escenarios de trabajo inspirados en condiciones reales del Norte Chico y del desierto de Atacama. Los estudiantes deben inspeccionar elementos de protección personal, evaluar condiciones climáticas, identificar riesgos y ejecutar procedimientos que luego enfrentarán en terreno’, explica Labbé.
Pero el objetivo va más allá de enseñar procedimientos. Para Carola Venegas, uno de los principales desafíos es instalar una cultura de seguridad desde el inicio. ‘La formación no es solamente tener instrucciones o saber hacer cosas, sino que también es cómo gestionas lo que te está pasando físicamente’, explica.
Trabajar en altura y cerca de infraestructura energizada exige controlar factores que van desde el vértigo hasta la toma de decisiones bajo presión. La realidad virtual permite exponer a los estudiantes a esas situaciones en un entorno seguro, antes de enfrentarlas en terreno.
Para Gilberto Méndez, liniero de oficio que participa en la iniciativa, la tecnología permite acelerar la curva de aprendizaje y familiarizar a los estudiantes con condiciones reales antes de llegar a terreno. Un entrenamiento que comienza en un desierto virtual, pero que terminará a decenas de metros de altura, sobre las torres que sostendrán la próxima etapa de la transición energética chilena.